¿Porque Paleovida?

Podríamos situar el punto de inicio de la Dieta Paleo en la publicación de este artículo en el año 1985, en una de las revistas de mayor impacto científico, la The New England Journal of Medicine. Los antropólogos Boyd Eaton y Melvin Konner de la Universidad de Emory lanzaban la hipótesis de que probablemente los alimentos que llevan más tiempo con nosotros desde una perspectiva evolutiva son más necesarios para regular nuestro estado de salud, mientras que los más recientes no solo no los necesitamos, sino que además pueden ocasionar una respuesta adversa.

En este artículo se plantea la gran cantidad de tiempo que nuestra especie ha vivido como cazador-recolector frente al poco tiempo que llevamos con los alimentos que aparecen hace unos 10.000 años en la Revolución Agrícola (cereales y lácteos) y posteriormente hace unos 200 años durante la Revolución Industrial (azúcares refinados, productos procesados y aceites vegetales).

En estas imágenes adaptadas de una publicación posterior del Dr. Loren Cordain se ilustra de la misma forma usando la cantidad de generaciones que hemos pasado como cazadores-recolectores, unas 76.000 aproximadamente, frente a las pocas generaciones que hemos pasado en contacto con los cereales y los lácteos, unas 333 y 200 respectivamente; y las tan solo 7 y 4 generaciones que hemos pasado con los azúcares refinados y la comida basura.

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Considerando esta perspectiva evolutiva como una de las formas más coherentes de hacer una aproximación a nuestras necesidades nutritivas, daremos un paso más atrás y tomaremos como punto de partida el Australopithecus, el homínido previo al primer Homo, el Homo Habilis. El Homo Habilis surge en África hace unos 2 millones de años y el Australopithecus aparece hace unos 4 millones aproximadamente.

Algunas veces me preguntan qué necesidad hay de irse tan atrás ¿4 millones de años? ahora, cuando revisemos el contexto nutritivo del Australopithecus, entenderéis la estrecha relación que hay entre lo que hemos comido durante gran parte de nuestra evolución y la importancia que esto tiene a día de hoy en la regulación de nuestro estado de salud.

El Australopithecus vivió en África durante la época del Plioceno, un período caracterizado por un clima muy seco y árido. Es por este motivo probablemente que los restos fósiles de este homínido se han encontrado entorno a los grandes lagos como se puede observar en la imagen. La tierra no podía ser en esos momentos una buena vía de sustento más allá de algunos insectos o reptiles. En cambio el agua como podéis ver en este artículo se convirtió en una fuente muy rica y asequible gracias al pescado y al marisco caracterizados por su riqueza en grasas del tipo omega 6 (ácido araquidónico -AA-) y del tipo omega 3 (EPA y especialmente DHA), así como de yodo.
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De hecho el equipo de investigación de Kuipers y Muskiet de la Universidad de Groningen como podéis leer en este artículo hipotetiza que probablemente fue tanto el tiempo que tuvimos abundancia de estas grasas en el entorno que a día de hoy, como podéis ver en la imagen, nuestro cuerpo ha perdido la capacidad enzimática de transformar ácido linoleico (LA) en AA, así como el ácido linolénico (ALA) en EPA y DHA. Podríamos decir que es como si nuestro cuerpo diera por hecho que vamos a comer esas grasas finales (AA, EPA y DHA) sin que haya necesidad de transformarlas. Por ejemplo, las semillas de chía o de lino tienen ALA pero no se van a transformar en EPA y DHA, con lo cual no sirven como fuente de omega 3. Los cereales, los lácteos y el aceite vegetal son ricos en LA pero esta no se va a transformar en AA. Conviene tener en cuenta, además, que el LA es una grasa proinflamatoria así que conviene rebajar su ingesta, mientras que el AA es una grasa reguladora de la inflamación y que por tanto debemos de ingerir de forma directa.

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Dado que no tenemos más remedio que comer estas tres grasas finales (AA, EPA y DHA), conviene recordar sus fuentes alimentarias:

  • PESCADO AZUL SALVAJE
  • MARISCO DE LA MEJOR CALIDAD
  • CARNE BIOLÓGICA
  • HUEVOS BIOLÓGICOS

Y más vale que las comamos ya que van a resultar determinantes para que tengamos, por ejemplo, una buena función de nuestro sistema nervioso central, pues el 8% de su peso seco es AA y DHA. De hecho como podéis leer en este artículo, el cerebro humano está considerado un órgano de pescado, pues hasta el 60% de su composición es grasa. Este dato resulta tan importante ya que lo podemos extrapolar a cualquiera de nuestras células. Todas ellas están formadas por una barrera lipídica que podrá ser de mayor o de menor calidad en función de si ingerimos estas grasas o no. De ello dependerá que la célula tenga una buena capacidad de comunicación o que por contra se trate de una célula con una barrera rígida y por ende, con una peor capacidad de comunicarse con las demás células.

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Otra muestra de la relación entre lo que comió el Australopithecus y lo importante que son esos alimentos para una buena regulación de la salud a día de hoy, son nuestros receptores nucleares. Estos se diferencian de los receptores de membrana porque se encuentran en el mismísimo ADN, modulando la expresión de nuestros genes de forma directa. Mientras que los de membrana, como su nombre indica, están en la membrana de la célula. Entonces su influencia sobre la célula, aunque también son importantes, podríamos decir que están un escalón por debajo. Sería algo así como que si alguien viene a nuestra casa y debe de tocar la puerta para entrar (receptor de membrana) o puede pasar directamente a la parte más íntima de la casa sin pedir permiso (receptor nuclear).

Pues nuestros receptores nucleares como podéis leer en este otro artículo están modulados todos ellos por grasa menos uno: grasas poliinsaturadas de cadena larga (EPA y DHA), vitamina A y colesterol como precursor de cortisol, hormonas sexuales y vitamina D. Y el único receptor que no es grasa-dependiente de forma directa es el de tiroxina, que dependerá de yodo. Según el profesor Stephen C. Cunnane, uno de los principales expertos sobre el desarrollo del cerebro humano desde una perspectiva evolutiva, el yodo es el primer alimento selectivo clave para el desarrollo de nuestro cerebro. Lo podéis leer aquí.

¿Relacionáis como todo ello es algo que tuvimos en abundancia cuando fuimos durante 2 millones de años Australopithecus? AA, EPA, DHA, vitamina A y yodo obtenidos desde el pescado y el marisco que nos ofrecían los grandes lagos de África. La vitamina A especialmente de las vísceras. Y la vitamina D gracias también a los rayos UVA de sol.

¿Entendéis ahora cuando nos referimos a que nuestro cuerpo da por hecho que vamos a contar con estas sustancias para modular nuestra salud? Es que durante gran parte de la evolución nunca faltaron y ahora no entiende que podamos sufrir carencia de ellas. Y si esto pasa nuestra salud se va a ver mermada de forma inevitable. Esta revisión evolutiva nos da pie a poder hablar de estos alimentos como imprescindibles.

En esta trayectoria evolutiva también debemos de citar la importancia de los alimentos vegetales, especialmente los almidonados, ya que sirvieron para satisfacer las cada vez más altas demandas de nuestro cerebro creciente como nos propone este artículo. No se sabe con exactitud, pero parece ser que existe una correlación entre la aparición del fuego para cocinar y la multiplicación de los genes para la amilasa salivar. Y es que esta enzima mejora la absorción de los alimentos almidonados si estos están cocinados, pero en cambio es ineficiente si están crudos. El Homo Erectus, hace 1,6 millones de años, es quien se relaciona con estos dos importantes aspectos para la evolución de nuestra especie: el uso del fuego para cocinar y la multiplicación de copias para la amilasa salivar. A ello se le atribuye, como podéis ver en la imagen, un crecimiento cerebral de 300 cc respecto al anterior homo, el Homo Habilis, y una reducción del tamaño de los dientes ya que dejaron de ser necesarios en cuanto pudimos cocinar nuestros alimentos.

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Respecto a los carbohidratos es interesante añadir también este artículo del gastroenterólogo canadiense Ian Spreadbury, el cual diferencia entre los carbohidratos ancestrales y los carbohidratos modernos.

Los ancestrales que son la fruta, la verdura y los tubérculos almacenan sus carbohidratos en organelas como parte de células vivas. Es por eso que a estos les llama carbohidratos celulares. Su característica es que requieren de la acción digestiva para ser biodisponibles, además de que la mayor parte de su peso celular es agua. Es por eso que su densidad máxima no supera el 23%.

En cambio, los modernos como pan, pasta, arroz y azúcar son considerados carbohidratos acelulares donde sus azúcares están diseñados para una rápida movilización enzimática durante la germinación, con una alta concentración de almidón seco. Esto les confiere una alta densidad energética.

El hipotetiza que esta alta densidad de los carbohidratos acelulares podría ser una de las explicaciones para la pandemia de obesidad y diabetes tipo II que vivimos en los países desarrollados. Especialmente cuando encontramos tribus de cazadores-recolectores como los Gwi de África o los habitantes de Kitava, en Papua Nueva Guinea cuya alimentación presenta un 70% de carbohidratos sin presentar ningún tipo de marcador de trastorno metabólico. Eso si, en las poblaciones de cazadores-recolectores los únicos carbohidratos que comen son los celulares, es decir, fruta, verdura y tubérculos.

Los carbohidratos acelulares también coinciden, además, con ser los carbohidratos más ricos en gluten y antinutrientes. El gluten es la proteína del carbohidrato que encontramos en una gran parte de los cereales y en la mayoría de los productos procesados. El Dr Alessio Fasano, profesor de la Universidad de Harvard y uno de los mayores expertos sobre el tema a nivel mundial, la define como una molécula no digerible por ningún ser humano ocasionado una respuesta proinflamtoria y de permeabilidad intestinal. Os recomiendo la lectura de este artículo. Aunque la susceptibilidad de la persona al gluten marcará el grado de impacto en su intestino, esta respuesta se va a dar Independientemente de si eres celíaco. Y los antinutrientes son moléculas que están presentes en los alimentos para asegurar su supervivencia generando también una respuesta proinflamatoria en nuestro intestino. Las lectinas de los cereales y las saponinas de las legumbres son ejemplos de estos antinutrientes. Aquí os dejamos este estudio de revisión al respecto.

Entonces los carbohidratos han sido y son un nutriente clave para la especie humana, pero por todo lo que acabamos de explicar conviene que sean celulares. Con ellos cubriremos todas nuestras necesidades evitando cualquiera de los efectos adversos que pueden ocasionar los carbohidratos acelulares. Ya que estamos en este punto, aprovechamos para remarcar, como podéis observar, que la Paleodieta no tiene absolutamente nada que ver con una dieta hiparproteica ni cetogénica. La presencia de carbohidratos es algo que cuadra totalmente desde un punto de vista evolutivo.

La fortuna para todos es que las diferentes tendencias nutricionales se aproximan que cada vez más entre ellas. Es interesante comprobar como uno de los estudios más relevantes sobre Dieta Mediterránea, el Predimed, publicado en la revista The New England Journal of Medicine en 2013, plantea en sus grupos de intervención un plan de alimentación muy próximo a la Nutrición basada en la evolución como podéis comprobar en este otro post.

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Al principio de este escrito decíamos que considerar la Biología Evolutiva es una de la forma más coherente de hacer una aproximación a nuestras necesidades nutritivas. Espero que después de esta serie de post os haya podido transmitir de una forma un poco más precisa el por qué. Es por este motivo que, si queremos recuperar o mantener nuestra salud, conviene mirar hacia atrás. Esto nos marcará el camino.

El uso de la nutrición como una herramienta terapéutica debería de ser algo común para cualquier profesional de la salud. Nosotros así lo hacemos en nuestra área clínica y así lo planteamos en nuestra formación en Psiconeurinmunología Clínica Regenera.